Poesía



 

PROVINCIA

 

ARRABAL


Las casitas van caminando hacia los verdes,
paran al lado de la acequia,
insta que un día, el arrabal ya no esté
donde ahora vive el viento lleno de mariposas,
entonces la acequia gemirá bajo el suelo
encarcelada y sucia.

Pero los niños del arrabal
encontrarán otras acequias
con mucho cielo en el fondo.
No importa que el tranvía suene a lo lejos
como una avispa fugitiva,
si la montaña es ya vecina
que les regala sus azules,
y si la tarde baja siempre
como una vaca a los potreros
mientras la miran las casitas
con sus ventanas encendidas.

 

EL FILTRO


El filtro nació con la casa,
es como el seno de piedra de una virgen indígena,
es el reloj de agua que contará mis días
cerca de la tinaja enrojecida y húmeda.

La tinaja es una fruta de agua
junto a la tapia cuyo rojo va volviéndose jade
por el musgo que es tiempo, pátina y poesía.

El filtro es tan grande y tan puro
que tiene la confianza de todos,
lo tallaron obreros con un sentido noble de la alfarería
y el agua es su alma, su sangre y su palabra.

PROVINCIA


Los pasos sobre la acera resuenan sobre tumbas,
y las viejitas dóciles que escuchan las campanas,
dejando el viejo adobe buscan la piedra dura
donde los ventanales echan oro en la sombra.

En estas noches viajan en el aire las súplicas
de las viejas talladas como Cristos a golpes,
que llevan en las manos temblando flores blancas
y en el pecho encendido el corazón como una lámpara.

 

 


HE DEJADO LOS LIBROS

He dejado los libros y me he ido
por los senderos pavimentados de hojas secas,
las golondrinas como tierra
vuelta pájaro al ser tirada al aire,
titubean orientándose en la tarde.

Existen los gorriones cuyo pecho
Es del color de la ceniza pálida,
y los cocuyos y también la luna,
todo lo que en la infancia era brillante
como un juguete nuevo entre las manos.

Hay que ser vagabundo como un niño
que no sabe de tiempo y de salarios,
otra vez mirar con los sentidos
que existe el cielo, el caracol y el árbol.

CALLE

Esta calle no se borrará de mis ojos
con su cielo que duerme en los tejados,
y su silencio de figuras largas paradas en las puertas
Niños tristes juegan en las aceras
frente a las puertas negras donde duermen los perros
y, en las ventanas, las viejas detrás de las begonias,
detrás de las vidrieras, detrás del tiempo,
están viendo otras calles y otras gentes pasar.
Fisonomía áspera de esta calle de piedra
donde la cal amarilla, blanca, azul y rosada,
mezcla en el sol ardiente la poesía y la miseria.

 


ECHARÉ DE MENOS LA PROVINCIA

Echaré de menos la provincia, sus casas encaladas,
la gente que no conozco y que siempre me encuentro,
las torres que se asoman de todos los lugares,
las calles donde entramos acogidos por tapias.

Echaré de menos su silencio de ladrido de perros,
la soledad de estrellas, la sombra de los sapos
y la luna madura rodando por los techos.

AUTORRETRATO

Yo, que he andado a pie por los caminos,
me siento a la sombra fatigado
a mirar los que pasan caminando
por los caminos y cantando.
Yo, que en las pulperías de Costa Rica
discutía, contaba, recitaba,
bebo en silencio mi vaso, solitario.
Yo que a las mujeres sigo amando,
llevo un madrigal entre mi boca
que dormirá conmigo reposando.

 

 

LA LLUVIA


La lluvia me acerca a la muerte,
para medir el tiempo, no tengo
el reloj de arena que aparece
ni los grabados de Holbein:
cuento con la clepsidra del cielo
sonando en el invierno.

EL SOLITARIO


Mis vecinos se divierten,
hacen rodar sobre la mesa,
las calaveras de los dados,
beben y bailan golpeando
la marimba del piso.

Se oye, aunque apagada
la voz de las mujeres.

A mi torre de noche amurallada
sube el surtidor de la fiesta.

 

EL PILÓN


Desde la mano del peón
llueve el grano dorado,
el viento, ángel campesino,
separa la cáscara y el grano
con la suavidad del milagro.
Pilón de los abuelos,
copa gigante y agrietada
que antes fuiste árbol,
donde rítmicamente
pasa el rumor de las
cosechas cada año.

LOS BEBEDORES


En la dulzura del tiempo,
el tren pitando se va con el viento.
Yo me quedo con la tarde en los ojos
con su sabor a ventanal y fruta.

En las bodegas, los bebedores
se llevan los vasos a los labios,
bebiéndose también las campanadas,
y al salir encuentran que la iglesia
ha crecido,
internando en la noche torres y campanarios.

En estos pueblos tristes y primitivos
con cruces de madera en las calles,
chanchos eglógicos y panateneas con paludismo.
Las calles con sus ranchos de paja
conducen la nostalgia más lejos,
hasta otros pueblos iguales
con alcaldes y posadas y señores feudales
cómicos y agresivos.
Todo es igual en estos pueblos
tristes y primitivos.

 

  LA FUENTE DE PIEDRA


En el jardín abandonado donde habitan los años,
los verdes dorados y los verdes oscuros
han ido ocultando los bancos y los muros,
y apenas los senderos tiernamente conducen.

Sin embargo, oigo que alguien llora en silencio,
es la fuente de piedra que está bajo del árbol,
es lo único vivo, lo único que sigue igual y puro,
y me es fiel como el recuerdo de lo que hemos amado.

En el agua verde y negra yo me miré de niño,
y allí vi reflejarse su mirada tranquila,
y hoy que vuelvo a este patio y soy un extranjero
es solo su sollozo quien da la bienvenida.

CEMENTERIO DE ALDEA


En este pueblo que he visto colgado en las montañas
cacarea el silencio entre la plaza
y pace entre los verdes la paz
como una vaca en las mañanas.

Hay chiquillos que juegan con terneros
y casitas que son como gallinas.
Lo conozco sin conocerlo, es una vida
que se ha vuelto paisaje.

Y el cementerio es un jardín con cruces
donde se debe estar tan confortable
bajo los árboles, oyendo
el río que como yo sólo se sabe
una sola canción de luna y muerte.

  PUEBLO COLONIAL


La condición esencial mía es la de estar solo,
solo en estos pueblos abandonados
donde hasta los pájaros han huido,
y las iglesias coloniales son pobres
casas desmanteladas,
con harapos de oro y sangre coagulada
sobre los santos habituados a lágrimas indígenas.

CUANDO IBA A LA ESCUELA


Cuando iba a la escuela
me aprendí de memoria las casas del suburbio
con su ropa tendida de colores
y, probablemente fueron mis primeros dibujos
las casas con su cara sucia,
el sombrero de su tejado y el humo.
Ese paisaje de mi infancia me sigue
y morirá en mis ojos conmigo,
con sus lluvias rezando,
con sus tapias derrumbándose,
con su acequia llorando.
Yo tuve compañeros de escuela
que hacían sus tareas en la cocina
con sus madres lavanderas,
y alguna hermana que había seguido
"el mal camino".
Yo miraba sin astronomía las estrellas,
era de la generación que oyó cuentos de aparecidos
antes de que los psicólogos se encargaran
de la educación de los niños.
Los ponientes, nunca tuvieron tanto oro
como detrás de aquellas casas
donde descubrí la estética de la geometría,
y donde los papalotes de los niños pobres
eran los únicos habitantes del cielo
antes de los aviones.

Y por eso todos los niños de aquel barrio
eran poetas,
porque las únicas estrellas
al alcance de su mano, eran las luciérnagas,
y colgaban en el viento aquellos seres
de varilla y papel
que se alimentan de cielo
como las banderas.

Y gustábamos encender el fuego
y verlo danzar desesperándose en la noche,
y gustábamos del agua que huye
con su paisaje a cuestas y su carga de plata.
Nada nos costaba entonces ser poetas,
bastaba con ser niños.

 
CREÍ ENCONTRAR


Creí encontrar en este mar de Quepos
nubes de blancos pájaros marinos,
y deleitar mi tedio con los linos
de las velas que vienen desde lejos.


Creí encontrar en este mar de Quepos
palmeras verdes y temblando altivos,
luceros como en los árboles los trinos,
hay sólo zopilotes devorando intestinos.

LA LUNA ES HOY


La luna es hoy un objetivo científico y político
y no una diosa pálida henchida de amor.
Pero la tierra gira etérea y encendida,
encendida en las rosas y en el vino,
plateada por la lluvia y su nostalgia
en rosa de cristal adolorida.
La lluvia empecé a oírla
sin saber que la oía, nací bajo su voz
para abrir mis oídos al silencio,
alegre compañera de los gorriones grises,
silabario de alondras y de llanto,
seno donde los ríos beben su estaño.
Después la seguiré oyendo
sin párpados ni oídos
sobre la maternal almohada de la tierra,
cuando sólo sea un nombre sin sentido.
Después me envolverá su manto
en sudario de plata y de rumores,
con Viento que se agolpa y que se empuja
en roncas invasiones.
La lluvia tañe su réquiem desde mi infancia
cada vez más persistente y más fuerte.

 
  EL LADRIDO DE LOS PERROS


Escucho los ladridos de los perros
ahora que estoy solo como en mi infancia,
y descubro que su sentido es idéntico,
o tal vez, al oírlos esta noche de octubre,
retorno a mi niñez
cuando, al escrutar el cielo
de la tierra salía un grito de misterio.

LA PROVINCIA


Cuando dejé la provincia
siguieron sonando las campanas.
Sus voces me siguieron como canes,
no importa en donde estaba.

Al contrario,
el espacio era un filtro
donde sólo
mis evocaciones pasaban.

Abandoné la iglesia
en donde poco entraba,
y me llevé en el pecho
los vitrales.

 
LOS BORRACHOS


Los borrachos, de pie,
o sentados sobre mesas gastadas,
beben para olvidarse
de la vida y sus problemas,
y para acordarse
de olvidar la muerte
que llega "tan callando".

Los borrachos cantan
y dicen versos, discuten y pelean,
y se envuelven
con el sobretodo de las madrugadas,
para refugiarse tiritando
en la tumba de su lecho,
junto a una Venus dormida.


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